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sábado, mayo 25, 2024
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Criar a solas: historias de un modelo familiar que crece

Una de cada diez familias del país son monoparentales o monomaternales. ¿Cuáles son sus desafíos?

Las familias monoparentales y monomaternales ya son marca registrada en la Argentina. Según datos oficiales, 1 de cada 10 familias del país responden a ese modelo y el número crece. Crece, sí, sea por elección o porque -por varias razones- el papá o la mamá no quiso, no pudo o dejó de estar.

Cada historia tiene su origen, su fórmula y sus propias vivencias, pero todas comparten ejes comunes: con el amor al frente, los papás y mamás que crían solos y solas desarrollan hombros capaces de soportar las malas y las buenas y, sobre todo, multiplican energías para darles a sus hijas y sus hijos la mejor vida a su alcance.

Ezequiel junto a su hijo Valentín. Foto: Guillermo Rodríguez AdamiEzequiel junto a su hijo Valentín. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Papá Ezequiel y Valentín

La historia de padre e hijo está grabada en infinitas fotos. En una de ellas, Valentín es un bebé de sonrisa amplia. Ezequiel Tozzi lo lleva a upa, con la mirada del temor, la sorpresa y la felicidad que provocan solo las primeras veces.

También está la foto de Valentín dando sus primeros pasos mientras su papá emocionado lo corre detrás en la casa de los abuelos en Castelar. Y más tarde, el registro de la caída del primer diente, del primer cumpleaños y de los que siguieron… De la primera fiebre y el primer día del jardín de infantes, de la primaria y de la secundaria. También, de los dos pisando hojas de otoño como ritual y de las risas compartidas surfeando olas de verano en Miramar.

¿Tan difícil es aceptar que un hombre se salga de la norma de proveedor y sea un cuidador?

Ezequiel Tozzi

Son algunos de los momentos esenciales en la vida de Valentín en los que siempre estuvo Ezequiel. A “Valen” -como lo llaman- se lo ve siempre con una pose erguida que no modificó el tiempo. A su lado y en distintas etapas, Ezequiel lo acompaña, lo abraza o lo sostiene con brazos fuertes que parecen más fuertes aún. Eso tampoco cambió.

No hay registro de una mamá presente en ninguna imagen. La de Valentín se fue con otro hombre cuando él cumplió un año y medio. No vio al bebé convertirse en el adolescente de 12 años que hoy practica karate, quiere ser programador y se pierde en un mundo interior iluminado por historietas, cómics, series y películas.

En el camino, Ezequiel despidió al joven inexperto que nunca había pensado ser padre soltero, para fortalecerse y transformarse a sus 39 años en un hombre que fue adaptándose a la nueva realidad y adquiriendo poderes parecidos a los de un superhéroe terrenal por su hijo. Dejó trabajos de muchas horas como periodista y docente para sumarse a otros part-time que le permitieran dedicarse a Valentín.

Enfrentó los prejuicios de su propio entorno, y por supuesto, de desconocidos sobre su familia de dos. “¿Tan difícil es aceptar que un hombre se salga de la norma de proveedor y sea un cuidador?”, se pregunta una y otra vez.

El padre de Camila me acompañó todo el embarazo y una vez que nació nuestra hija, se fue. Nos quedamos solas las dos. Fue muy difícil.

Valeria Giroldi

Valeria y Camila: enfrentan juntas el fantasma de un padre ausente. Foto: Constanza NiscovolosValeria y Camila: enfrentan juntas el fantasma de un padre ausente. Foto: Constanza Niscovolos

Mamá Valeria y Camila

En Banfield, sur del conurbano, Valeria Giroldi (51) mira con admiración cómo Camila Victoria Rodríguez (12) despliega su cuerpo alado y se sube a trapecios, vigas y paralelas. Desafía el límite de la gravedad, da vueltas y siempre cae de pie. Es tímida como su mamá, pero no tiene miedo de volar sobre las colchonetas. El entrenamiento es arduo.

Esbelta, alegre y con unos ojos negros que hablan, Valeria dice que al verla en acción se acuerda de Nicolás, su papá, el hombre que creyó que era “el amor de su vida” y terminó siendo “el cobarde” que abandonó a Camila cuando era bebé.

Como Ezequiel con Valentín, Valeria tuvo que rearmarse para atravesar el crecimiento de su “China” -así es como le dice- sin Nicolás a la par, como había soñado y deseado. “Me acompañó todo el embarazo y una vez que nació nuestra hija, se fue. Nos quedamos solas las dos. Fue muy difícil, sobre todo al principio, hasta que un día supe que iba a poder, recargué fuerzas y arrancamos”, comparte Valeria.

Con la ayuda de familiares, amigas y niñeras, Valeria pudo equilibrar a lo largo de los años el cuidado de Camila con su trabajo como abogada del fuero penal en los Tribunales de Lomas de Zamora. El equilibrio nunca fue perfecto: hubo y hay subidas y bajadas, recaídas y sobresaltos. También caídas al abismo sin red. Siempre ganó la resiliencia.

Para la familia de Valeria y Camila, los vaivenes económicos fueron y son uno de los males mayores. Bancar sola un alquiler, el colegio de la adolescente -ya en primer año de secundaria-, sus actividades deportivas y sus necesidades cotidianas forman una montaña altísima que cuesta trepar. “Hago malabares con mi sueldo, que es el único ingreso”, subraya Valeria con el cansancio lógico de buscarle la vuelta a un problema con pocas salidas.

Recuerda, como punto de quiebre, su cáncer de tiroides que pudo superar cuando Camila tenía solo cinco años. “Las y los que criamos solas y solos no podemos enfermarnos y si lo hacemos tenemos que curarnos pronto”, remarca.

Hasta ese “momento bisagra” en sus vidas, el vínculo entre Nicolás y Camila fue prácticamente nulo. Valeria se recuerda explicándole con palabras simples por qué su papá no estaba con ellas. También, sin detalles, contando al entorno, al barrio y a la escuela que eran una familia monomarental.

“Muchas y muchos le preguntaban a Cami dónde estaba el padre. Ella era chiquita y sufría mucho”, rememora Valeria. “Cuando fue más grande fue conociendo más detalles de nuestra historia, de su historia, de su papá”, agrega.

Como un rompecabezas que empezó a ordenarse, la pequeña supo que sus papás se habían conocido de una manera increíble: mientras su mamá buscaba su identidad. Valeria es adoptada y durante mucho tiempo buscó a su madre biológica hasta que dio con ella.

En ese proceso, la ayudó Nicolás, nieto de la mujer que había sido el puente para darla en adopción. En ese ida y vuelta, terminaron enamorados. Camila supo también que su papá vivía en La Pampa y que había formado otra familia. Que tenía dos hermanos mayores y dos hermanas menores que ella. Que viajaba por todo el país a causa de su trabajo.

En uno de sus viajes, Nicolás entró en contacto con Valeria y quiso conocer a Camila. La nena tendría 6 años. El encuentro se produjo y él se comprometió a hacerse cargo, a visitarla más seguido, a ayudarlas económicamente. Todos fueron fuegos artificiales. Al final, no pudo sostenerlo.

Volvió hace unos meses con Camila a punto de cumplir los 12 y la historia se repitió. Lo único que ella conserva con certeza de él es su apellido. Igualmente Valeria logró que firmara el permiso para moverse con su hija.

Nicolás es un fantasma que aparece y desaparece. Cami ya se acostumbró, pero muchas veces pienso si para ella es lo mejor. Las marcas que dejan el abandono y la ausencia son imposibles de evitar, lo sé por mi propia historia. Pero me levanto todos los días con un solo pensamiento: lograr que ella sea libre y feliz”, asegura Valeria.

Ella es una de las más de 1.600.000 de mujeres a cargo de hogares con niños o niñas y sin presencia de cónyuge (Indice Crianza/ Indec. Tercer trimestre 2022).

A mí no me obligaron a elegir. Yo elegí, elijo y volvería a elegir la familia que tengo. No me imagino otra vida.

Romina Bertoldi

Romina Bertoldi y sus dos hijas: Amparo y Aurora.Romina Bertoldi y sus dos hijas: Amparo y Aurora.

Mamá Romina, Amparo y Aurora

En Santa Fe, Romina Bertoldi (41) desea también la felicidad para sus hijas Amparo (10) y Aurora (3). Es lo que ella siente cada vez que las ve jugar, reír, hablar, abrazarse y pelearse por su atención. Es una mujer plena. Vive -dice- en un estado de “enamoramiento inexplicable”.

Desde muy joven, Romina soñaba con ser mamá, pero se cruzó con hombres que no querían ser padres o que no la querían a ella. Hasta que un día decidió ser mamá soltera. A la distancia, asegura que fue “la mejor decisión” de su vida.

Amparo nació por fecundación in vitro y Aurora, por inseminación artificial en 2020, dos meses antes de que el coronavirus paralizara al mundo. En ambos casos, los procesos fueron larguísimos. Hubo pérdidas muy dolorosas -Romina perdió tres bebés-, pero siguió adelante con su deseo de maternar.

Se trató de su resistencia a la insulina, hipotiroidismo, trombofilia e incompetencia cervical. Finalmente, pudo gestar. Hoy son una familia monomaternal de tres.

A mí no me obligaron a elegir. Yo elegí, elijo y volvería a elegir la familia que tengo. No me imagino otra vida. No niego que haya momentos difíciles. Acomodar horarios, ir de un lado a otro, no tener en quién delegar responsabilidades no es algo simple. Pero es la vida que quiero. No me arrepiento de nada”, señala Romina a Viva con convicción.

En la semana, ella divide su tiempo entre su trabajo como secretaria en una escuela primaria y los estudios y actividades de sus hijas. Tienen casa propia y eso aliviana los gastos. Las nenas son muy compañeras con ella y entre ellas. Son cómplices.

Amparo, la más grande, transita la pre-adolescencia con un carácter avasallante y temperamental. A su vez, es muy sensible. Canta en un coro, toca el arpa y el piano. A Aurora, la pequeña, le gusta bailar, cantar e inventar historias.

A su edad, Amparo se anticipó a las previsiones ansiosas de Romina y rompió súbitamente sus esquemas preguntando dónde estaba su papá. “Mi respuesta fue simple: le dije que en nuestra familia había abuelos, tíos, primos pero que no había papá y ahí quedó. A los 7 volvió a la carga y le expliqué que hay muchos tipos de familias”, cuenta Romina.

Con la búsqueda de Aurora, las explicaciones mutaron hacia cómo es concebir vía tratamientos. “Ahora Amparo entiende y acepta nuestro modelo de familia, aunque a veces tenga la curiosidad de saber cómo sería tener un papá”, señala Romina.

“Siempre fui con la verdad, respondiendo de acuerdo a sus inquietudes y su edad. Lo mismo va a pasar con Aurora”, subraya. De lo que habla Romina es de uno de los “momentos cumbre” de la crianza en soledad.

Hay un día en el que, después de procesarlo, el niño o niña descubre su duda y, sin premeditarlo, lo pone en palabras: ¿por qué no tengo papá o mamá? ¿Dónde está? ¿Por qué se fue? ¿Por qué me abandonó? ¿Tiene otra familia? ¿Cómo fue el tratamiento para que yo naciera? En algunos casos extremos, la pregunta es dolorosa y traumática: ¿Por qué se murió?

Son preguntas que vuelven cíclicamente con cada etapa de crecimiento y que van encontrando respuestas que no son universales ni sencillas.

“Las niñas y los niños tienen que tener claro que ellos no hicieron nada mal y no tienen nada que ver con la ausencia de la madre o el padre”, reflexiona Alejandro Schujman, psicólogo especialista en familia.

“Hace rato que la familia no es papá y mamá. Lo que los chicos necesitan son adultos (uno, dos, lo que fueran) que los cuiden, los quieran y los acompañen en su crecimiento”, agrega.

El día que me enteré de que él tenía otra familia empezó una nueva etapa para mí. Nunca quise ser mamá soltera, pero un día asumí que iba a criar sola a mi hijo.

Ana Parlapiano

Ana Parlapiano con Falu, su hijo de 7 años. Foto: Guillermo Rodríguez AdamiAna Parlapiano con Falu, su hijo de 7 años. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Mamá Ana y Falu

Como Valeria, Ana Parlapiano (35) fue atravesada por la daga del amor cuando caminaba en verano por las playas de Mar del Plata ocho años atrás. Había ido a visitar a una amiga y conoció sin premeditarlo a Djibril Diop, un senegalés que, con poco tiempo en el país, vendía cadenas y anillos sobre la arena.

El encuentro se pareció mucho a los flechazos mágicos de las películas románticas. A una charla le siguió la otra y desencadenó una relación profunda de varios meses y viajes hasta que Ana quedó embarazada. Hoy su hijo Falu Ezequiel tiene 7 años.

El camino tampoco fue fácil. Como en un túnel del tiempo, Ana recuerda el proceso como si fuera ayer. Al enamoramiento y embelesamiento del primer tiempo le siguió el armado terrenal de proyectos de vida y la noticia sorpresiva y emocionante de su embarazo.

Hasta que en el quinto mes de gestación, se impuso la realidad y el sueño se volvió una pesadilla: el padre de su hijo estaba casado con otra mujer en Dakar, tenía otro hijo y no estaba en sus planes divorciarse. Lo que para él era común según sus reglas musulmanas -que permiten tener más de una mujer-, para Ana fue el final.

No lo pude soportar. El día que me enteré de que tenía otra familia empezó una nueva etapa para mí. Nunca quise ser mamá soltera, pero un día asumí que iba a criar sola a mi hijo y que íbamos a estar bien. No me equivoqué”, sostiene.

En un primer momento, Djibril aseguró que iba a hacerse cargo, pero cuando Falu nació, se quedó un tiempo y después se hizo humo. A ella le tocó fortalecerse.

Maestra jardinera por vocación y con mucho esfuerzo, fue construyendo los pilares que sostuvieron y sostienen al nene, un afroargentino curioso y sociable que ama los deportes y los dinosaurios. Que asegura que en el futuro va a ser paleontólogo.

“Desde muy chiquito le fui contando su historia. Al año le hice un álbum de fotos y allí había algunas de su papá. Siempre miraba su álbum, lo reconocía y se reconocía. Son parecidos. Alrededor de los cuatro años preguntó por primera vez quién era, dónde estaba, cómo se llamaba”, cuenta Ana en la casa que comparten en Florencio Varela.

El papá del nene ahora está en Senegal y recientemente, a través de algunos amigos, dijo que vendría a la Argentina con la idea de verlo y reconocerlo ante la ley. Ana está de acuerdo con la revinculación, pero no con la idea de que su hijo lleve el apellido de su padre. Es una decisión con final abierto.

Falu está contento con la posibilidad de conocer a su papá pero, según Ana, lo tomó con tranquilidad. Su familia son ellos dos y construyó un vínculo muy especial con su abuelo Luis.

“Hace unos días en la escuela tenía la consigna de dibujar a su familia y estamos él y yo. Va a llevar un tiempo incorporar al padre si es que él cumple con lo que dijo va a hacer”, reflexiona Ana.

Fuera de las promesas y entre los momentos luminosos recientes, Ana recuerda el verano pasado en el que su hijo conoció el mar por primera vez, el mismo mar que fue su punto de partida.

“Fue una de las primeras escapadas solos. Vivimos días muy felices que no voy a olvidar nunca. Es un ser maravilloso. Estoy muy orgullosa de mi hijo”, resalta emocionada.

No hay que cubrir al que no está. Es agotador y ficticio.

Alejandro Schujman, psicólogo

Camila, la hija de Valeria, es una acróbata en potencia. Foto: Constanza NiscovolosCamila, la hija de Valeria, es una acróbata en potencia. Foto: Constanza Niscovolos

Entre presentes y ausentes

Según coinciden Ezequiel, Valeria y Ana, lo más desgastante es sobrellevar la culpa y hacer lo imposible para tapar el vacío del que no está. También encontrar los espacios propios porque son pocas las personas en las que se puede delegar.

“Uno de los momentos más difíciles fue cuando a mi mamá le diagnosticaron Alzheimer. Ella era una abuela presente, que nos ayudaba mucho”, comparte Romina.

“Con el tiempo te das cuenta de que la culpa no te lleva a ningún lado. Es Nicolás el que tiene que responderle a su hija los por qué”, acota Valeria.

En el caso de Ezequiel y Valentín, fue el adolescente el que destapó la ausencia. “Hace poco mi hijo me preguntó: ‘¿Todos los regalos que decías que mi mamá me mandaba desde que nací los comprabas vos, no? Cuando la vi le pregunté por el muñeco de Zod (un supervillano de cómic) y no tenía ni idea’”, relata Ezequiel las palabras de su hijo.

Ezequiel y Valentino con su colección de juguetes. Foto: Guillermo Rodríguez AdamiEzequiel y Valentino con su colección de juguetes. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

“Yo me callé y él agregó: ‘Ok, no digas nada, pero no tenés por qué protegerla’”, reconstruye el diálogo con su hijo. Valentín ve a su mamá una vez por año con suerte. Lo acepta así.

“No hay que cubrir al que no está. Es agotador y ficticio”, remarca el psicólogo Alejandro Schujman como pilar de crianza para este modelo de familia. Cuando cae el sol, bajan las energías y desaparecen las máscaras la pregunta recurrente y cíclica que carcome -aseguran los entrevistados- es una sola: ¿Estoy haciendo las cosas bien?

La respuesta suele llegar en dosis de pequeños y de grandes logros, gestos o palabras de sus hijas y sus hijos, que alivian y emocionan. También, en un silencio comprensivo, un abrazo, una sonrisa.

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