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jueves, abril 25, 2024
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“Monstruos del nazismo”: del cuñado de Hitler que se escondió en Santa Cruz al oficial de las SS que veraneaba en Miramar

Uno a uno, los personajes más oscuros que estuvieron detrás del ”mayor y más horrendo crimen de la historia de la humanidad” en un libro que se descarga gratis acá.

El libro que leerán está escrito en un lenguaje claro y puede ser leído por cualquier lector interesado, tenga o no una exhaustiva experiencia en la Historia. Pueden leerlo sin temor a los golpes bajos ni a descripciones detalladas de asesinatos y torturas que linden lo macabro, no porque no hayan existido sino porque la información está por sobre el amarillismo.

Aquí no hay una enumeración de batallas que termine por marear al lector sino que hay una narración de los hechos, focalizando en los protagonistas. HitlerGoebbelsHoessMengeleEichmannBormannGöringFegelein, el cuñado de Hitler, y un menos conocido Walter Kutschmann, quien acabó sus días relativamente tranquilo en una Miramar soleada en la Argentina.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta la caída de las Torres Gemelas, la pregunta clave acerca de cómo un puñado de jerarcas nazis pudo matar a millones de personas le quitaba el sueño a más de uno. Como si fuera poco, la cuestión no era solo el asesinato de inocentes, mujeres embarazadas y niños; a ello se agregaba el uso sistemático de la muerte y haber vuelto mero “objeto de productividad y de recaudación” a un cuerpo o a un cadáver.

Mientras los prisioneros pudieran trabajar dentro de los campos y fueran productivos para los nazis se les permitía vivir. Un cadáver, a su vez, era una fuente de piezas de oro de su dentadura, de grasa en su cuerpo -si había-, y también de cabellos. Hasta entonces, el mundo no había convivido con una civilización que pusiera en marcha un modo sistemático para enriquecerse con la muerte.

¿Cómo pudo pasar algo así? Muchos de los sobrevivientes de los campos de concentración acabaron suicidándose al cabo de años o décadas porque no soportaron el peso de la pregunta. ¿Eran los nazis unos simples monstruos? ¿Esas personas estaban locas? Y si eran monstruos, ¿por qué la gente no los detectó a tiempo para detenerlos?

Hitler conoció a Eva Braun cuando esta tenía 18 años después de que su sobrina, con quien mantenía una relación, se suicidara con la pistola de su tío. Hitler conoció a Eva Braun cuando esta tenía 18 años después de que su sobrina, con quien mantenía una relación, se suicidara con la pistola de su tío.

II

Cien años atrás, en 1923, Adolf Hitler intentó un golpe de Estado para hacerse con el gobierno de Alemania. Fue a la cárcel y allí escribió su ideario: Mi lucha. Para cuando salió de prisión se convirtió en la cabeza del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, ganó las elecciones y así arrancó la tragedia. Nadie podría haber vaticinado que tras ese intento fallido, ese hombre podía desatar la masacre más sanguinaria del siglo XX. Pero lo hizo.

No estaba solo sino apoyado y sostenido por compañeros -o secuaces, como prefieran llamarlos – y el plan no se forjó en un solo día. El resultado todos lo conocemos: las infames cámaras de gas del Holocausto adonde perdieron la vida 6 millones de judíos, y un total de 15 millones de personas en los campos de concentración. En definitiva, una guerra en la que se calcula que murieron 55 millones de personas y un continente partido en dos.

Quienes llevan adelante cada capítulo de este libro poseen una vasta trayectoria en el oficio de informar. El primer texto pertenece al gran periodista Adolfo Serra, autor de varios libros -uno de ellos específicamente sobre el nazismo – y dueño de una carrera dentro del cuarto poder. Cuando llamamos “cuarto poder” al periodismo, lo hacemos pensando en gente como él, que puede abrir los ojos a una sociedad. Desafortunadamente, Serra falleció unos pocos años atrás: el capítulo que él escribe en el libro fue una nota publicada en Infobae en 2019.

“El Holocausto: el mayor y más horrendo crimen de la historia de la humanidad” es la cita que usa Alfredo Serra para abrir su artículo. Comienza con Winston Churchill a la cabeza y termina igual. No en vano.

A lo largo de estos ensayos, el lector se interiorizará en que los crímenes de nazismo no fueron organizados por ciudadanos comunes sino que se trató de hombres del poder, políticos y militares, quienes manipularon a la sociedad con la demagogia o con el terror, para tener a la gente bajo control. Ni siquiera los kapos (presos que fueron utilizados para realizar trabajos administrativos dentro de los campos de concentración) eran ciudadanos comunes obrando según su sadismo particular, y el excelente artículo de Matías Bauso sobre ellos narra con detalle la historia de los primeros treinta delincuentes que fueron enviados en marzo del ‘33 a Dachau, el primer campo de concentración nazi.

Estos 30 kapos tuvieron que tatuar los números, desde el 31 al 758, de los prisioneros políticos que allí se hallaban. La idea no surgió tras un plebiscito a la población sino que un político militar o civil de los que estaban en el poder decidió que 30 presos eran la franja social ideal para someter a otros presos.

Bauso da una cabal idea del horror cuando menciona los partidos de fútbol que se jugaron en los campos de concentración. Remarco aquí una aclaración de Bauso: los prisioneros no jugaban al fútbol por solaz y para pasarlo lindo, porque obviamente estaba prohibido en Auschwitz. Jugaban para hacérselo pasar lindo a los equipos alemanes. Los equipos de los prisioneros tenían que jugar poniendo toda su energía y entusiasmo y, si perdían el partido, podían perder la vida, literalmente. La clase de diversión que tenían en mente los romanos cuando construyeron sus circos, dos milenios atrás.

infobae

III

La vida privada de Adolf Hitler y sus allegados genera curiosidad. Cuando pensamos que era un demonio queremos conocer a quienes lo rodearon desde más cerca, porque tal vez allí esté la clave. Alberto Amato Daniel Cecchini indagan en la infancia y los amores de Adolf. Cuentan que el padre le daba azotes y que el mismo Hitler declaró en Mi lucha haberse hecho un temple de acero contando los azotes en lugar de echarse a llorar, como cualquier niño. Cinco de sus hermanos murieron en la niñez, y de los sobrevivientes, Paula y él llegaron a adultos. A Paula no la soportaba y hasta le pidió que cambiara su apellido; sí, en cambio, sentía inclinación por su media hermana Ángela a quien nombró ama de llaves de su casa de descanso “Nido de Águila”.

A tal punto la quería que su hija, Geli –diminutivo de Ángela– se convirtió en el amor de su tío Adolf, cuando ella contaba 17 años y él, 36. Hitler no se casó con ella y hay quien dice que ni siquiera tenía relaciones sexuales con la sobrina, sin embargo la joven permanecía encerrada en su jaulita de oro en Berlín. Hacia 1931, Geli se pegó un tiro en medio del pecho con la pistola de su tío.

El suicidio se tapó y Adolf no pareció demasiado atribulado, sobre todo porque un tiempito antes había conocido a Eva Braun, una adolescente de casi 18 años. Ella fue su compañera e intentó suicidarse dos veces durante la relación con él. Por cierto, Goebbels, el ministro de propaganda, había pedido a Hitler que la mantuviera escondida ya que era mucho mejor mensaje para el pueblo: “El Führer tiene un solo amor, una sola novia, una sola esposa: Alemania”.

El final de Hitler en el búnker fue la apoteosis de la locura. La megalomanía y la paranoia le eran propias. La crónica de los últimos días narrada en este libro desde diferentes puntos de vista pone en primer plano no sólo la paranoia del Führer, sino la de aquellos encerrados con él. Por ejemplo, Magda Goebbels, que envenenó a sus seis hijos cuando supo de la inminente llegada de los rusos.

Hay dos momentos donde sale a luz el mesianismo de Hitler. El primero, cuando se niega a negociar la rendición y acusa de traidores a todos los que le piden que lo haga para salvar vidas. El segundo, cuando dentro del búnker le piden que piense en su sucesor como mandatario de Alemania y lo comunique por teléfono. El Führer responde con pena que no puede elegir a nadie para ese cargo que no sea él mismo. Estos dos momentos bastan para sospechar.

No obstante, no nos dejemos llevar por facilismos. Ni los malos tratos ni los abusos en la infancia ni los amores desencontrados determinan las acciones criminales de una persona. Me gustaría recomendar la lectura de un poema de Wylslawa Szymborska, ganadora del Premio Nobel de Literatura. Se titula “Primera fotografía de Hitler” y allí no hay nada más que un bebé hermoso como cualquier otro, un bebé cuya vida son chupete y biberón y donde no se oyen los aullidos de los perros ni los pasos del destino.

Las últimas palabras de Adolf Eichmann fueron: “¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!”. Las últimas palabras de Adolf Eichmann fueron: “¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!”.

IV

Que las últimas palabras de Adolf Eichmann antes de ser colgado en la horca hayan sido: “¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!”, son para ponerle los pelos de punta a cualquier argentino. La huída a Sudamérica de los nazis prófugos fue tomada por criminales de alto y bajo rango. En este libro se encontrarán con el relato del recorrido de Adolf Eichmann. Con motivo del 25 de mayo de 1962, un comando israelí que dijo venir a celebrar los días patrios argentinos se llevó a Eichmann disfrazado de militar israelí y sujeto por varios agentes del Mossad que lo hicieron pasar por borracho. Luego fue juzgado y ejecutado en Jerusalén.

El camino de Josef Mengele, “el ángel exterminador”, médico cirujano que experimentaba con gitanos y con gemelos, también pasó por Buenos Aires. Vivió durante algún tiempo en el barrio de Florida, bajo el apellido “Gregor” y, al enterarse del secuestro de su compañero, huyó a Paraguay primero y a Brasil después. En una playa del Estado de San Pablo tuvo una muerte “linda”, por llamarla así, respecto de la que él daba a sus víctimas con el bisturí. Estaba metiéndose en el agua, cuando un ACV lo derribó de golpe y partió antes de tocar el suelo, sin conocer la agonía.

Muchos de los prófugos nazis habían entrado al país gracias a la aquiescencia del primer gobierno de Perón. En su capítulo del libro, Alberto Amato cita: “Una información muy curiosa lo pone en contacto con Perón. La historia le fue narrada a Uki Goñi por el periodista Tomás Eloy Martínez, que reporteó en profundidad a Perón en su exilio en España, en 1970. Cuenta Goñi que Tomás Eloy Martínez le reveló que Perón le había contado que, en los años 50, visitaba la Quinta de Olivos (que era entonces residencia de fin de semana de los presidentes, la residencia oficial estaba en la calle Austria, donde hoy se alza la Biblioteca Nacional) un alemán ‘especialista en genética’, que solía contarle sus supuestos y raros experimentos científicos. Aquel hombre había ido a despedirse de Perón porque un cabañero paraguayo le iba a pagar una fortuna para mejorar su ganado. “Me mostró -dijo Perón- las fotos de un establo que tenía por allí cerca del Tigre, donde todas las vacas le parían mellizos”, cuenta Goñi en La auténtica Odessa. Tomás Eloy, que olía una noticia a la distancia, quiso saber quién era aquel misterioso alemán. Y Perón: ‘¿Quién sabe…? Era uno de esos bávaros bien plantados, cultos, orgullosos de su tierra. Espere, si no me equivoco, se llamaba Gregor. Eso es, el doctor Gregor’”.

También el cuñado de Hitler, esposo de la hermana de Eva Braun, parece haber desembarcado de un submarino en el puerto de San Julián, Santa Cruz. Se llamó Hermann Fegelein, y según algunas fuentes podría no haber sido fusilado por los rusos cuando intentó escapar del búnker -tal la versión oficial -sino darse a la huida y acabar sus días en San Pablo, Brasil.

Monstruos del nazismo cierra con el caso de Walter Kutschmann, alto militar de las SS y oficial de la Gestapo, que fue localizado en Miramar, Argentina, nada menos que por el periodista Alfredo Serra en dos ocasiones. Una fue para la revista Gente en 1975 y no suscitó mayor conmoción. La segunda, durante la democracia, movilizó lo suficiente como para que se firmara una orden de captura y extradición, aunque la misma no llegó a ejecutarse: Kutschmann murió días antes en el Hospital Fernández de Buenos Aires.

Josef Mengele, el médico cirujano que experimentaba con gitanos y  gemelos conocido como el “el ángel exterminador", pasó por Buenos Aires y murió en San Pablo. Josef Mengele, el médico cirujano que experimentaba con gitanos y gemelos conocido como el “el ángel exterminador”, pasó por Buenos Aires y murió en San Pablo.

V

El libro que tienen ante sus ojos termina con una nota del periodista Juan Bautista “Tata” Yofre sobre cómo fue el final de Adolf Hitler. Como mencioné antes, el libro empieza y termina con Churchill, para muchos un héroe de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, Yofre planta en el lector la semillita sobre la probidad de los políticos, que nada tiene que ver con la fama o la imagen que logran proyectar. Yofre comenta que la Guerra Fría empezó cuando un teniente coronel soviético, Yurasov, ordenó a sus soldados que destruyeran todo al entrar en Alemania. Que no dejaran en pie nada de una fábrica, ni nada -¡ni siquiera un orinal! – que pudieran utilizar luego los aliados.

Mientras esto ocurría, Winston Churchill pensaba llegar hasta Moscú y tomarla con la Operación Impensable (el plan británico para atacar la URSS). Tal vez el general estadounidense George Patton también tuviera su plan, pero no llegó aún hasta nuestros oídos.

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